jueves, 3 de septiembre de 2020

Roble



Hace unos 10 años, cuando aún era un adolescente, solía ir al bosque a caminar para despejar mi mente.

Siempre llevaba conmigo a mi perro, Roble; el cual tenía este nombre porque era un San Bernardo de gran tamaño y realmente parecía incansable y fuerte.

Roble tenía 5 años. Había sido un regalo de un tío y éramos inseparables. Siempre a donde fuese yo, iba él… Y éramos felices así.

Una vez, entre una de tantas caminatas matutinas por el bosque, Roble y yo decidimos avanzar más allá del lugar al que siempre llegábamos. Se trataba de un claro, donde –decían las leyendas locales–, solían aparecer almas en pena de antiguos pobladores que se habían suicidado en ese lugar.

Debo de admitir que, aunque todo el bosque siempre era un lugar agradable, dicho claro me generaba algo de temor (sin mencionar que cada vez que llegábamos allí Roble se ponía nervioso).

Pues bien, esa mañana, ansioso de aventura, tomé la decisión de cruzar el claro del bosque y continuar con la caminata por el otro tramo de bosque que era desconocido para Roble y para mí.

A Roble no parecía entusiasmarle mucho la idea, pero no se resistió mucho, pues sabía que yo no daría el brazo a torcer.

Cruzamos el claro sin contratiempos. Miré mi reloj y pude ver que eran las 9 de la mañana, el día apenas comenzaba y podríamos caminar bastante más y volver para la hora del almuerzo. Al llegar al otro lado del claro y adentrarnos en esa parte desconocida del bosque, caminamos sorprendidos, observando maravillados todo a nuestro alrededor. El camino se veía muy abandonado, pues parecía que hacía mucho nadie caminaba por esta parte. Roble olfateaba el aire a cada instante y se mostraba algo ansioso, pero yo le tranquilizaba con una caricia en la cabeza y proseguíamos.

Llevábamos un rato caminando y observando el lugar cuando volví a mirar mi reloj e, incrédulo, observé como el reloj marcaba las 4 de la tarde. “Imposible”, pensé. Entonces, pensando que el reloj se había descompuesto saqué mi celular del bolsillo y observé como también marcaba las 4 de la tarde y, lo que era peor, no había señal.

Estaba aún algo sumido en mis pensamientos cuando un sonido me sacó de ellos de golpe. Era Roble, ladrando adelante y visiblemente molesto.

Lo llamé, pero no venía hacia mí, por lo que me dirigí hacia donde se encontraba. Pude ver, entonces, a una joven con un vestido blanco y algo antiguado. Parecía tener mi edad, de piel pálida, ojos verdes y cabello castaño recogido en una cola de caballo, observaba a Roble con un rostro inexpresivo. Portaba una pequeña canasta de mimbre y parecía andar recolectando bayas en el bosque.

Me extrañó mucho ver a alguien solo por esa zona, pues tenía entendido que el lugar se encontraba deshabitado, pero, de todos modos, me disculpé por la impertinencia de Roble y la saludé.

La joven esbozó una mueca a modo de sonrisa y con ojos vidriosos me devolvió el saludo.

-          ¿Cómo puedo salir de aquí? – le pregunté, pues me había percatado de que estaba ahora perdido.

-          La salida del bosque se encuentra no muy lejos de aquí, pero lleva a un camino abandonado y para llegar al pueblo no lo harás sino hasta dentro de unas 5 horas.

-          No puede ser –le dije anonadado–, me he desorientado en el bosque y, sin darme cuenta, pasaron las horas como si fuesen minutos.

-          ¿No tienes a dónde ir? –me preguntó la joven esta vez.

-          Realmente… No.

-          Pues bien, tú y tu perro pueden pasar la noche en mi casa, si lo desean.

-          ¿Es… ¿Es en serio?  –pregunté desconfiado, pues acabábamos de conocernos hacía escasos minutos y ella ya me estaba ofreciendo alojamiento, aunque, realmente, tampoco quería pasar la noche en el bosque.

-          Sí… Lo es –respondió ella–, por cierto, mi nombre es Celeste.

-          Gracias, Celeste. Yo soy Diego –respondí con una sonrisa.

Celeste se dio media vuelta y me pidió que la siguiera. Roble se rehusaba a hacerlo, pero, después de varias caricias y jalarle de la correa, terminó cediendo.

Al cabo de un rato, llegamos a una pequeña cabaña ubicada en un claro en el bosque. El lugar se me hacía familiar, pero no entendía el porqué. La construcción se me antojaba acogedora y, aunque Roble parecía reacio a entrar, al fin y al cabo lo hizo. 

Cuando entramos al lugar, pude ver algunas velas encendidas en la pequeña sala de estar. El comedor se encontraba junto a ésta y había dos puertas a un lado que supuse eran habitaciones. No parecía haber luz eléctrica en el lugar pero no fue algo que me importara, la verdad. Roble se quedó echado a mi lado mientras la joven me invitaba a sentarme a la mesa para invitarme a la cena.

Todo estuvo delicioso y, aunque le ofrecí comida a Roble, éste se negó a probar bocado alguno. Aunque eso me pareció extraño, no insistí.

Luego de un rato, Celeste me contó que vivía con sus padres en esa cabaña desde que era pequeña, pero que su madre había enfermado y su padre había tenido que llevarla al pueblo en busca de un médico, por lo cual se suponía que ella pasaría la noche sola en la cabaña y que, por eso, me había invitado a acompañarle esa noche.

-          Entiendo –le dije cuando había terminado de contarme su historia–, puedes estar tranquila, no haré nada.

-          Eso lo sé, te lo agradezco –me respondió con su inexpresivo rostro, luego continuó–: Además, cuando comiencen los lamentos, será bueno tener compañía.

Cuando la joven dijo eso, guardé silencio, extrañado y confuso. No sabía que decir. Estaba por preguntarle a qué se refería cuando ella me pidió que le siguiera para mostrarme la que sería mi habitación esa noche.

Luego de un poco más de charla, Celeste se despidió y, una a una, fue apagando las velas de la casa, dejándome una encendida en mi cuarto. Acordamos que Roble dormiría en la sala de estar y, aunque no me gustaba la idea de separarme de él, preferí no discutir con ella, pues no era mi hogar y no estaba en condiciones de hacerlo.

No tengo idea de cuánto rato habré pasado mirando el techo de la habitación, pues no podía conciliar el sueño. Todo en ese día había sido realmente extraño y, ahora me encontraba en una casa en medio del bosque con una desconocida y mi perro.

No sabía qué pensar cuando, luego de un rato, unos arañazos y un lamento de un perro se escuchaban en la que era la puerta de mi habitación. Era Roble, quien me pedía que le abriera. Encendí la vela que se encontraba en una mesita al lado de mi cama y me dirigí a la puerta. Abrí e iba a indicarle a Roble que no pasaba nada, que descansara tranquilo en la sala cuando éste entró en mi habitación corriendo, como si algo lo hubiese asustado.

Esto era algo extraño en él, pues era un perro muy grande y valiente, pero en esta ocasión parecía estar realmente aterrado. Lo dejé estar y cerré la puerta, mientras me sentaba en mi cama y lo acariciaba.

Pensaba en qué excusa le daría a Celeste al amanecer cuando, de repente, Roble comenzó a ladrar furioso hacia la puerta. Parecía realmente enojado y, en mis vanos intentos por hacer que se callara, comencé a escuchar unos sollozos desde el otro lado de ésta.

No sabía qué hacer, parecía Celeste.

-          Celeste, lo siento mucho –le dije nervioso–, no quería que te molestaras, pero Roble quería entrar a la habitación.

-          Diego –me decía la voz entre llantos lastimeros–, ya vienen, ya vienen.

-          ¿A qué te refieres? –pregunté ya más nervioso– Acaso…

No pude terminar mi oración ya que, de repente y de la nada, Roble, que había estado ladrando todo este tiempo, guardó silencio. Los llantos de Celeste seguían escuchándose al otro lado de la puerta, pero cada vez eran más desgarradores y hasta sepulcrales. Además, de un momento a otro, comencé a escuchar algo más, algo que terminó por erizarme los pelos del cuerpo. Desde afuera de la cabaña, comenzaron a escucharse lamentos horribles e incesantes, provenían del bosque, pero se acercaban cada vez más y más, hasta tal punto que estaban al otro lado de las paredes de la construcción y comenzaron a arañarlas. Roble estaba ahora sobre mis pies, llorando y yo, perplejo, no sabía qué hacer.

Todo esto estaba comenzando a ser más de lo que podía soportar y creía que me estaba comenzando a volver loco. Y mientras todo esto pasaba, Celeste ahora había comenzado a gritar, pero esos gritos, no eran los de un ser humano, sino que parecían los de una bestia herida que provenía de los más profundos avernos.

Todo lo que pude hacer fue abrazar a Roble y quedarme quedito en un rincón de la habitación hasta que, cuando el sueño me venció, me quedé dormido.

A la mañana siguiente, desperté sobre un pastizal. Era el claro donde la tarde anterior había estado la cabaña de Celeste y, no solo eso, sino que entonces me percaté de por qué en un inicio se me había hecho tan familiar. Era el claro que había cruzado con Roble la mañana anterior, el mismo claro del cual nunca pasábamos y el cual nunca tuvimos que haber cruzado.

Estaba sorprendido, todo parecía haber sido un sueño, aunque era consciente de que no había sido así. Me puse de pie y busqué a Roble, pero no se encontraba. Lo llamé, pero no asistió a mi llamado.

Con lágrimas en los ojos lo busqué por un buen rato, pero lo único que tenía de él era su correa en mi mano. Pasé dos horas llamándolo a gritos hasta que, una expedición de búsqueda de personas del pueblo encabezada por mi padre, me encontraron en el claro llamando a Roble entre lágrimas.

Han pasado diez años de eso y, debo de mencionar, que volví a encontrar a Roble, pues, desde ese día, todas las noches viene a mi habitación y me visita, sentado a los pies de mi cama, como una sombra que me observa con ojos rojos como brasas que me recuerdan aquella fatídica noche.    


Diego Alberto Araya Rodríguez.


lunes, 16 de julio de 2018

La novia del lago

Es cierto que la casa ya estaba algo vieja. Sus pisos crujían al caminar, la tubería funcionaba con irregularidad y la puerta de la azotea no abría.
Si bien es cierto que una mano de pintura no le habría venido nada mal, es mi deber admitir también que tenía sus aspectos positivos. Por ejemplo, era ya una casa con historia, construida a finales del siglo XIX por una familia de hacendados. Además, el terreno era lo bastante amplio; lo suficiente como para construir fácilmente tres casas más, rodeado por un bosque majestuoso de pinos y con un lago en su parte trasera. Por último, y lo que es más importante, esa vieja casa, era mía. 
Llevaba alrededor de cinco años ahorrando dinero con lo poco que ganaba de los escritos que publicaba, y en cuanto vi el anuncio que mostraba la casa en venta, no lo dudé y la compré.
Era la casa, a mis ojos, un lugar espectacular. Constaba de un armazón completamente de madera, dos plantas, un gran corredor y una gran chimenea de ladrillo que sobresalía sobre su techo. 
Al entrar por la gran puerta principal se llegaba a la sala de estar, donde una lámpara de cristal colgaba del techo cual gigantesca araña y las paredes estaban revestidas de un viejo papel tapiz con motivos de flores que una vez eran rojas, pero ahora, por acción del paso del tiempo, eran más bien sepias. 
Al fondo a la derecha de la sala de estar se encontraba la puerta que llevaba hacia la cocina y que, a su vez, conectaba con la parte trasera de la casa. Asimismo, al fondo a la izquierda se encontraban las escaleras que conectaban con la segunda planta de la casa. Además, justo al ingresar por la puerta principal, se podía encontrar a la izquierda el comedor, que tenía también una puerta que conectaba con la cocina y, a la derecha, la biblioteca, mi orgullo más grande; donde acostumbraba escribir mis relatos.
En cuanto a la segunda planta, su composición era sencilla: Constaba solamente de una gran pasillo que recorría la casa de lado a lado, en el cual se repartían las ocho habitaciones del inmueble y que justo al extremo derecho de éste se encontraban unas gradas que daban a la puerta de la azotea, la cual estaba cerrada fuertemente desde que llegué.
Esta era en realidad el único aspecto que me inquietaba de la que ahora era mi casa, pero nunca pregunté nada a los antiguos dueños antes de comprarla ya que el precio realmente era muy bajo y no quería perder la oportunidad de adquirir una casa como esa.
Transcurrió un año desde la adquisición de mi querido hogar y todo había marchado a la perfección: las tuberías funcionaban de maravilla, la instalación eléctrica no daba fallos y no había ni una sola gotera. Incluso el baño, que se encontraba unos 20 metros separado de la casa, funcionaba de excelente manera.
Y en esto estaba con mi cómoda vida, escribiendo y disfrutando de la paz que mi amada casa me brindaba, cuando todo comenzó.
Juro por lo más sagrado que no estoy loco y que estas palabras son fidedignas, so pena de muerte si es que mintiera en algo.
Una noche realmente fría, la ventana de mi habitación, que daba hacia el lago, dejó entrar un resplandor azulado.
Aún no estaba dormido, sino que meditaba recostado en mi cama sobre mi siguiente escrito. Me levanté presuroso y observé. La noche estaba realmente calma. El cielo estaba totalmente despejado y la luna llena brillaba con todo su esplendor en lo más alto de aquella oscura bóveda.
Atribuí el resplandor al reflejo de la gran luna sobre el lago, hasta que, al volver la mirada hacia el cuerpo de agua, quedé petrificado.
Lo que vi en ese momento quedará por siempre en mi memoria. Aún se me eriza la piel al pensar en ello.
Justo en el centro del lago, de pie, había una figura femenina. Parecía ser una mujer vestida de novia; con su vestido blanco y su cabello negro, largo y suelto. 
Boquiabierto, restregué mis ojos, el sueño debía de estarme jugando una mala pasada, pero al volver a abrirlos, esa figura seguía allí y parecía observarme.
Un terror indescriptible se apoderó de mi cuando la mujer bajó la cabeza y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a mi casa. No pude moverme, tan solo me limité a observar, cada vez más presa de un horror profundo. 
La horrenda figura (al menos así se manifestaba a mis ojos), caminó desde el centro del lago hasta la orilla que estaba a unos cuantos metros de mi casa. Se detuvo un momento y contuve la respiración, mientras rogaba a Dios que desapareciera; pero, en lugar de esfumarse, nuevamente volvió a mirarme. 
La mujer, o lo que fuese eso, ahora sonreía de tal manera que se me antojó el rostro de un demonio. Su sonrisa acaparaba su rostro de tal forma que parecía ser casi la mitad de su cara mientras sus ojos parecían estar a punto de desorbitarse. 
No pude hacer nada. Mi mente me pedía a gritos que saliera de allí corriendo, pero mi cuerpo no reaccionaba.
Entonces la mujer, esta vez sin bajar la cabeza y con su macabra sonrisa, volvió a reanudar su marcha: Se dirigía hacia la puerta trasera de mi casa. Conforme avanzaba no dejaba de mirarme cual gárgola dispuesta a convertirme en piedra, mientras acortaba cada vez más la distancia.
Cuando por fin llegó frente a la puerta, justo a los pies de mi ventana, bajó nuevamente la cabeza y se quedó allí, como si fuese una estatua.
Pasaron unos minutos que para mi eran horas eternas, hasta que, finalmente esa figura femenina, esa novia infernal que estaba allí justo bajo mis pies... Entró en mi casa.
Debo de confesar que todo lo que pude hacer fue poner doble paso a la puerta de mi cuarto y mover mi mesa de noche hacia la puerta, aunque no estaba seguro de si eso podría evitar que ese horrendo ser entrara en mi habitación.
Me senté en mi cama y comencé a llorar, intentando convencerme de que todo esto no había pasado, hasta que comencé a escuchar pisadas que venían de la escalera la cual, justamente, finalizaba frente a la puerta de mi habitación. Nuevamente quedé en silencio mientras escuchaba como las pisadas hacían crujir el piso de madera, lenta y pesadamente.
Contuve la respiración cuando las pisadas se detuvieron frente a mi puerta, pero cuando comencé a escuchar arañazos sobre esta junto con los sollozos de una mujer, comencé a gritar como desquiciado y me alejé hacia una de las esquinas de mi habitación intentando tomar valor. 
"¡Piensa, piensa!"- me dije a mi mismo. Entonces corrí hacia la ventana, la abrí y cerré los ojos un momento. Estaba decidido a saltar cuando noté que todo el alboroto había cesado. 
Abrí los ojos y cual fue mi asombro al percatarme de que ya había amanecido. El sol estaba asomando y todo comenzaba a iluminarse poco a poco. Una profunda paz y calma se habían apoderado de mi, respiré profundo y solté un suspiro.
Tenía que largarme de allí, pero podría hacerlo por la puerta de mi cuarto y las escaleras que daban hasta la puerta principal. Quité la mesa de noche de mi puerta y quité también el doble paso. Abrí la puerta con la esperanza de no ver más a esa mujer y, efectivamente, ya no se encontraba allí, aunque las marcas en la puerta de cuarto eran evidencia de que lo que había pasado había sido real. Cerré la puerta de mi habitación y suspiré aliviado.
Me disponía a marcharme cuando, de pronto, escuché como el piso del pasillo crujía. "No puede ser", pensé y volví la mirada hacia mi derecha, pero no vi a esa mujer vestida de novia. 
Lo que vi tampoco lograré olvidarlo hasta el fin de mis días: De cada puerta de los cuartos del pasillo, salió una figura humana; hombres, mujeres y niños, vestidos con viejos ropajes, pálidos como la nieve y con dos agujeros tan oscuros como la boca de un lobo donde debía de estar sus ojos.
Horrorizado, volví a mirar hacia mi izquierda. De allí también salían seres fantasmales, pero, lo que vi por último, me aterró aún más que cualquier otra cosa. Justo en la puerta de la azotea, asomaba una figura masculina, vomitando sangre y también con las cuencas de los ojos vacías. Me encontraba desesperado, hasta que lo observé bien, entonces comencé a llorar. Esa figura masculina que se acercaba vomitando sangre a cada paso, ese hombre destrozado y salido de infierno mismo, ese hombre... Era yo.

Diego Alberto Araya Rodríguez. 16/07/2018


lunes, 25 de septiembre de 2017

El destino del caballero

El caballero cabalgaba rumbo al castillo de su amada, iba a paso lento, no había prisa. Pensaba en lo dichoso que era, en cuánto la amaba y en cuánto ella lo amaba a él. Pensaba también en lo bien que le había ido a partir del día en que la conoció en la fiesta del rey.
"Definitivamente ella no es de este mundo -se decía a si mismo- ha de ser un ángel o un ser celestial". Sonreía y pensaba en ello.
Recordaba cuán hermoso era el vestido que ella llevaba esa primera vez que se hablaron, e incluso lo avergonzado que se sentía al recordar la pobre vestimenta que él portaba en aquel momento.
Para su dicha, ella no se dejaba guiar por apariencias.
Sus bellos ojos, sus lindos cabellos y su cálido aliento,  ella  era perfecta,  realmente.
Mientras en esto pensaba, su caballo caminaba afablemente.  Al llegar a la colina desde la que se divisaba el castillo de su amada, miró el sol del atardecer por detrás de este, y se sintió agradecido con Dios por una vida tan buena. Definitivamente su prometida lo estaría esperando ansiosa, con una grata cena y mucho amor, después de todo, la guerra había sido dura, pero por dicha, había terminado ya.
Luego de un buen rato de andar, ya estaba a punto de llegar. El castillo se veía acogedor, iluminado con antorchas en la estrellada noche que acababa de comenzar, lo invitaba a entrar en él y resguardarse.
Los guardas no lo volvieron a ver siquiera cuando cruzó el portón de la gran muralla, de seguro estaban muy ocupados en su trabajo. No le tomó importancia a esto y siguió con su camino.
Dejó su caballo en el establo, con agua y comida, donde sin duda podría descansar bajo los mejores cuidados, aunque el animal no parecía querer probar bocado.
Le extrañó esto, pero igual decidió entrar presuroso al castillo, ya que su amada sin duda lo estaría esperando.
Cruzó el gran umbral y llegó al salón principal. Esperaba encontrar una gran fiesta, pero en su lugar todo estaba silencioso. Solo un par de sirvientes caminaban rumbo a sus aposentos, pero ninguno lo volteó siquiera a ver. Esto lo extrañó, pero decidió ir a buscar a su amada.
Corrió hacia su recamara, y allí la encontró, llorando.
"¡Mi amada, mi luz del alba! -dijo el caballero- ¿Por qué lloras? ¡Por fin he regresado!".
Pero su amada ni siquiera le prestó atención. Solamente lloraba mientras colocaba una carta en su mesa de noche.
"¡Hermosa mía! ¿Qué te sucede?" - preguntó nuevamente el caballero.
Pero no hubo respuesta.
Se sentía impotente, devastado. ¿Qué estaba pasando?
Se acercó rápidamente a su prometida y la abrazó (o al menos lo intentó), porque, de alguna manera, era como si ella ya no estuviera allí, como si fuese inmaterial, pues cada vez que la intentaba abrazar, la atravesaba, era como si ella fuese un fantasma... O quizás él fuese el fantasma.
Absorto, confundido y asustado, retrocedió y miró la carta que su amada había dejado en su mesa de noche:

"Saludos, lady. Con todo pesar hemos de informar que su prometido ha caído en batalla. Con toda valentía dio la vida por su rey, el mayor honor de un caballero".

A los demás nada les había pasado, era él quien había muerto ¡Y no se había dado cuenta!


viernes, 22 de septiembre de 2017

A veces los héroes solo pueden brindar un pañuelo

Y allí estaba yo aquella noche, mirando el río desde el puentecito. Definitivamente, si quería acabar con mi vida, este no era el lugar indicado, lo más que podría llevarme de ello era un buen chichón.
Pero me alegraba en parte saberlo. Quería dejar de vivir, pero no quería acabar con mi vida.
La luz del alumbrado público me iluminaba las espaldas y dejaba mi rostro sumido en las sombras, entonces, ¿Cómo supo ella que estaba llorando en aquel instante? Debía de ser un ángel (o tal vez escuchó mis bramidos y se apiadó de mi), la cuestión es que, allí apareció ella, con su mirada hermosa, su sonrisa cálida y un pañuelo blanco. "Yo sé que la vida es dura - me dijo - pero no se vale rendirse".

Cada vez más cerca de ti

martes, 13 de junio de 2017

Psicopatía demoníaca.

Siempre juré que ya no me importabas. Desde la última vez que nos vimos, decidí que lo nuestro, por lo menos de mi parte, había terminado.
Siempre pensé que mi alma ya no sentía nada por ti, inclusive mi corazón te aborrecía... O al menos eso pensaba.
Cuando tomé la decisión de cambiar de vida, de dejar la oscuridad en la que me sumías, sentí alegría, una alegría como nunca antes. Habías dejado de visitarme, de molestarme. Por fin tendría una vida normal.
Incluso pude formar una familia. Conocí a alguien que me hizo sentir lleno, y a pesar de lo sumido en el dolor que me habías dejado, esa persona me rescató y me mostró lo que era es el amor. Jamás fui tan feliz.
Tuvimos dos hijos, un niño y una niña, realmente era todo como un buen sueño, y yo, no quería despertar.
Sin embargo, aquí estamos, nuevamente, tú y yo.  ¿Qué quieres de mi?
Todo te lo di. Aquella noche en la que me pediste acabar con todo, no lo dudé. Jamás olvidaré la mirada vidriosa de la que una vez fue la persona que más amé en este mundo, cuando ya, sin vida, aún la apuñalaba una y otra y otra vez, como a un costal relleno de carne. Ni mucho menos el como los niños nunca se resistieron al eterno sueño en que los sumergí con sus propias almohadas, uno por uno.
Y aquí estoy, y te veo caminar, gigantesco, monstruoso; con tus ojos más brillantes que nunca, y yo, miserable, no entiendo lo que buscas, no entiendo lo que quieres.

sábado, 22 de abril de 2017

Amor desde el más allá

Y él la miraba con el amor más puro. Él la amaba con todo su ser, la visitaba cada mañana, le acariciaba el rostro como si fuese un suave respiro, le daba besos en la frente con cada gota de lluvia y, cada noche, antes de que ella se marchara a dormir, le dejaba una rosa, blanca como su piel, sobre su suave sábana de seda.
Él la admiraba, la soñaba, anhelaba estar a su lado, compartir la fría eternidad e iluminar un poco la eterna oscuridad con esa muchacha hermosa, reluciente.
Ella no se percataba nunca de todo esto que él sentía, sin embargo, guardaba todas y cada una de las rosas que desde hacía dos años aparecían cada noche en su cama, preguntándose quién sería el que allí las dejaba.
Sentía temor al pensar en ello, pero, a su vez, curiosidad y fascinación por aquel que tanto le admiraba a ella en secreto.
Él anhelaba con todo su ser poder confesarle sus sentimientos, pero cada día que se sentía listo para hacerlo, justo en el momento en que se dirigía hacia ella, las dudas y los temores le atacaban y el joven se daba media vuelta y huía; porque, ¿Quién iba a aceptar la relación entre ella, una joven hermosa, alegre y atrayente y él, un pobre desamparado, frío y lleno de dolor, con 20 años de muerto?
El joven fantasma le seguía a donde ella fuese, la admiraba, la visitaba y la amaba, así en secreto, mas nunca le confesó su amor.
La hermosa dama, nunca se casó, en espera del día en que su admirador, que cada día seguía aún desde hacía ya 67 años dejándole rosas en su cama, se le confesara por fin.
Y así fue hasta el día de la muerte de la dama, quien una vez por fin dejó este mundo, se pudo reunir con su añorado amante, quien, a pesar de nunca haber charlado, ya se conocían a la perfección el uno al otro.


lunes, 17 de abril de 2017

El niño y el lago

8 de octubre de 1910.
Edmund era un niño de 5 años. Vestía siempre su overol de mezclilla y lucía orgulloso su peinado de medio lado que su madre todas las mañanas le hacía elegantemente.
"Te ves hermoso"- le decía ella siempre que terminaba de peinarle. El niño vivía con ella y su padre a las afueras del pueblo, en una gran casa rodeada de un inmenso bosque y con un lago en la parte trasera. 
Para Edmund no había lugar más hermoso. Todas las mañanas despedía a su padre a la puerta de su casa y se quedaba con su madre pasando el día, ayudándola con los quehaceres y luego jugando con ella todo el día. Su madre siempre sonreía y Edmund sentía que un amanecer no era nada comparado con la sonrisa de su madre. Él quería decírselo, que su madre lo supiera, pero, por alguna extraña razón, cada vez que intentaba decir aunque sea alguna palabra como lo hacían las demás personas, sus labios se movían, pero no había sonido alguno que los acompañase.
A Edmund esto le entristecía, pero rápidamente lo olvidaba, pues su madre lo hacía sentir amado. 
Era un niño feliz.

24 de octubre de 1910.
Desde hace unos días la madre de Edmund casi no sonreía y ya no se asomaba a la puerta con el niño a despedir a su padre, que aún le daba un beso a Edmund en su cabeza cada vez que se iba, pero ya no le decía nada ni tampoco lo veía a los ojos.
El niño se sentía extraño, como si un vacío fuese lo único que ahora habitaba su corazón. 
Cada vez que iba en busca de su madre la encontraba llorando o con la mirada perdida en la ventana de su habitación, hacia el lago, o al menos eso parecía. 
Edmund entraba silencioso y le abrazaba las piernas, entonces ella intentaba limpiarse las lágrimas y disimularlo todo con una sonrisa, aunque ahora a Edmund esa sonrisa le parecía más una noche sin estrellas que un amanecer, y el niño se sentía bien por no poder decírselo. 

11 de noviembre de 1910.
Cuando Edmund despertó, su padre ya se había marchado. Nadie le había dado los buenos días, nadie le había ayudado a vestirse ni a peinarse, así que Edmund decidió hacerlo por su cuenta. 
Cuando por fin consideró que estaba listo, salió de su habitación. Su madre estaba de pie junto al lago, aún en ropas de dormir y mirando hacia la otra orilla, como si hubiese alguien llamándole desde el bosque que se encontraba de aquel lado.
Edmund fue y le abrazó las piernas, no se le ocurría otra cosa que hacer para que su madre fuese la misma de antes, pero esta vez ella pareció no notar su presencia.
Al cabo de un rato el niño se rindió en su intento por llamar la atención de su madre y se marchó a su habitación, observándola desde la ventana. 
Su madre estuvo de pie y nunca desvió la vista hasta que se puso el sol, entonces entró a la casa y arropó a Edmund para que fuese a dormir. Aunque ella lo veía, parecía que no lo miraba a él, sino a algo más allá de su entendimiento.
Edmund sentía mucha hambre, pero decidió ir a dormir sin hacer un solo intento por llamar la atención.
Esa noche, al llegar su padre a casa, Edmund ya estaba dormido, pero un ligero golpe le despertó. Al no escuchar nada más, el niño se asustó y decidió ir a la habitación de sus padres, pero estos no estaban, solo un rastro de un líquido rojo que comenzaba en la habitación vacía y seguía hasta salir de casa, por la puerta trasera. Edmund caminó tras el rastro hasta que vio a su padre abrazando a su madre a la orilla del lago, bajo la luz de la luna. 
El niño comenzó a caminar hacia ellos, sonriente, pero al estar cada vez más cerca, notó que el líquido rojo brotaba de la parte trasera de la cabeza de su madre, a la cual su padre sostenía en brazos, pero ella no parecía moverse. 
Edmund, confundido, caminó suavemente hacia su padre, el cual, al ver al niño lloró amargamente pero sonrió a su vez. 
El padre del niño dejó caer el cadáver de la que fuera su esposa, la cual cayó al suelo como un muñeco que, con ojos vidriosos, miraba al que alguna vez fuera su hijo.
Edmund se quedó inmóvil, sin saber qué había pasado. Solamente esperó a que su padre, con sus manos y ropa llenas de ese líquido rojo lo abrazara.
En ese instante el niño sintió el amor de su padre, y lo abrazó también con mucha fuerza, hasta que este lo alzó en sus brazos, entró con él al lago y lo ahogó.

17 de abril de 2017.
Edmund está aquí, a mi lado.