Pero me alegraba en parte saberlo. Quería dejar de vivir, pero no quería acabar con mi vida.
La luz del alumbrado público me iluminaba las espaldas y dejaba mi rostro sumido en las sombras, entonces, ¿Cómo supo ella que estaba llorando en aquel instante? Debía de ser un ángel (o tal vez escuchó mis bramidos y se apiadó de mi), la cuestión es que, allí apareció ella, con su mirada hermosa, su sonrisa cálida y un pañuelo blanco. "Yo sé que la vida es dura - me dijo - pero no se vale rendirse".

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